Populismos

By Ftransforma | Economia, Empresas, España, Futuro, Noticias, Politica, Trabajo, Transformar | 0 Comments

En los últimos sesenta años España ha recorrido un trecho impensable poco antes. Empezó con el desarrollo de los años 60, continuó con una Transición Política que no solo fue de la Ley a la Ley sino que además en la misma participó una inmensa mayoría de españoles. Fue la primera vez que, en muchos años, la comunidad internacional nos vio con admiración. Los cuarenta años siguientes han sido de un notable (increíble para los extranjeros) crecimiento en todos los órdenes.

En el orden económico, este crecimiento solo fue abruptamente interrumpido en 2008 por una terrible crisis importada de EE.UU. (como ahora la del coronavirus de China). Como consecuencia inmediata de la crisis, aunque no solo de ella, empezaron a aparecer en todo el mundo occidental, también en España, los populismos tanto de derechas como de izquierdas. Merecería la pena preguntarse cuál es la esencia de un fenómeno -los populismos- que surge en las posiciones políticas extremas.

A mi juicio son al menos dos las características principales del populismo. La primera es la de fijarse exclusivamente en el corto plazo, lo que vulgarmente se entiende como «pan para hoy y hambre para mañana». Una de las características de la edad adulta es lo que en Psicología se denomina «la demora en las gratificaciones», que nos enseñaba el cuento infantil de «Los Tres Cerditos» y que en Economía estableció Böhn von Bawerk con la llamada «Ley del mayor producto en los procesos productivos más largos». Pues bien, los populistas lo quieren todo aquí y ahora, sin pensar en las consecuencias futuras.

Una segunda característica es la primacía absoluta de lo concreto frente a lo abstracto, el populismo hace buena la frase «más vale una imagen que mil palabras», olvidando que eso puede ser cierto en el ámbito emocional pero nunca en el racional: las ideas no se transmiten por imágenes sino por palabras.

Un ejemplo paradigmático fue la foto publicada en la prensa europea en la que un niño inmigrante de muy corta edad aparecía muerto en una playa del sur de Europa. La imagen era dramática pero bastó para que se cambiara la política migratoria de la Unión Europea. Fue un triunfo del populismo.

Nuestros regímenes democráticos son regímenes de opinión pública a través de la cual el populismo va calando entre unos gobernantes que no quieren ser impopulares. De este modo se va imponiendo la opinión de una mayoría no cualificada ni suficientemente informada.

Un magnífico ejemplo lo tenemos en el referéndum británico para salir de la Unión Europea (Brexit) en el que la clase dirigente abdicó de su responsabilidad trasladando al cuerpo electoral la decisión de derogar un Tratado que implicaba la subsistencia de miles de acuerdos internacionales que, como es natural, los electores desconocían casi al cien por cien.

Frente a ello puede argüirse que lo democrático es que gobierne la mayoría; es decir, imponer la llamada «democracia directa» frente a la democracia representativa, olvidando que en el mundo moderno y para cualquier función, es necesaria una cierta cualificación ¿o es que cualquiera de nosotros se subiría a un avión pilotado por la persona que eligiera el pasaje, tuviera o no cualificación para ello?

Hay una causa fundamental para el advenimiento de los malhadados populismos: la generalizada corrupción de la clase dirigente política, que ha producido un notable incremento de la desconfianza hacia la misma. Sucede que la clase dirigente política debe reunir al menos dos condiciones esenciales: generar confianza en la opinión pública y tener las competencias imprescindibles de previsión y gestión para desarrollar sus funciones propias.

Hoy España tiene minorías dirigentes de gran calidad en los más diversos ámbitos: empresarial, cultural (en todos sus diversos campos, desde el musical al cinematográfico), deportivo, etc. En todos menos en el político. Es curioso comprobar que en los distintos sondeos de opinión relativos a la «confianza en las instituciones», los políticos ocupan los lugares más bajos en la tabla, muy lejos de otras élites: catedráticos, médicos, jueces, militares, fuerzas y cuerpos de seguridad, etc. La conclusión es paradójica: la sociedad aprecia y confía menos en los que ha elegido que en los demás.

No estoy defendiendo ningún «despotismo ilustrado» sino abogando por la verdadera democracia que es y ha sido siempre la representativa y no este sucedáneo que estamos sufriendo ahora, en el que la tertulia ha sustituido al debate; es decir, el intercambio de opiniones entre expertos ha desaparecido para dar lugar a unos monólogos cruzados e interrumpidos de gentes que no saben de lo que hablan.

Todo ello propiciado por unos medios de comunicación que, salvo honrosas excepciones, han pervertido su función primigenia de ser portavoces de la sociedad frente al poder para convertirse en correas de transmisión de los diferentes partidos políticos. Hay que entender que se han visto obligados a ello por acuciantes razones económicas y tecnológicas, pero no todo en esta vida es ganar dinero, ¿o sí?

Una nota más distingue a los populismos: el dirigirse indiscriminadamente contra los de «arriba», contra lo que ellos denominan «la casta». No es ya en contra de la burguesía o de los titulares de los medios de producción, como los marxistas que decían defender al proletariado. Para el populismo la lucha se establece entre «la gente» y «la casta» (los que están arriba), así de simple. Ellos no quieren ni pueden mezclarse con los miembros de «la casta» por eso es muy difícil, casi imposible, que subsista un gobierno de coalición con los populistas. Ha sido una suerte ver con qué facilidad y rapidez algunos conspicuos dirigentes del populismo han pasado de una categoría a otra abjurando de sus recientes promesas.

En definitiva, han hecho bueno el refrán «no es lo mismo predicar que dar trigo», pues, en contra de lo que predican, saben que en todos los ámbitos existe una minoría dirigente incluso en sus propias organizaciones y partidos. La coherencia no es su mejor virtud. Esperemos que el electorado lo advierta pronto.

 

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